Esperando de manera consagrada
Salmo 130:5
Con toda mi alma espero en el Señor
Todos estamos
consientes de que debemos de esperar la Segunda venida de nuestro Señor
Jesucristo; pero, ¿cómo debo de esperarlo? ¿Qué debo de hacer mientras Él
viene?
Algunas veces la
expresión más profunda de la fe se demuestra en la espera. Ana fue un modelo de
esa clase de fe. “No se apartaba del Templo, sirviendo de noche y de día con ayuno y
oraciones1”.
¡Nunca salía del templo! En términos humanos, Ana llevaba una vida muy aburrida
y solitaria. Era viuda en una sociedad que giraba en torno a los hombres, y
servía en el templo, donde tenía que guardar cierta distancia y
mantenerse sólo en el Atrio de las Mujeres.
Sin embargo, Dios la
vio de otra manera, como siempre lo hace. Él vio su alma, un alma que esperaba
en Él. No era simplemente que Ana esperara que pasara el tiempo, sino que,
habiendo depositado toda su esperanza en Dios, ayunaba y oraba día y
noche. Ese tipo de espera expresa una fe firme y profunda. Es una espera que se
origina en lo más íntimo de nuestro ser. Una espera llena de servicio y
consagración para aquel a quien se espera.
Hoy en día hay muchas
personas que siguen el ejemplo de Ana. Las podemos ver en clínicas y
hospitales, haciendo el bien y ayudando a los necesitados, o entrando y
saliendo calladamente de las iglesias. Para muchos, sus vidas son solitarias y
aburridas. Pero sus almas esperan, esperan con paciencia. Que estas vidas de fe
perseverante sean un ejemplo para tu vida.
Cuando Jesús dijo: velad y orad, porque no sabéis la hora en
que ha de venir, nos está indicando que mientras él llega nos dediquemos a
hacer algo en beneficio de los demás, a atender de manera solicita el
ministerio que hemos recibido de Él, que vivamos en rectitud y en santidad, que
ayunemos y oremos como lo hizo Ana, que sirvamos con denuedo en Su Iglesia, que
compartamos nuestra fe con los que no le conocen, que sigamos sembrando en los
Encuentros, que atendamos y sigamos formando a nuestros discípulos, que velemos
por la integridad de nuestros pastores…en pocas palabras: que nos mantengamos ocupados y
consagrados mientras Jesús vuelve otra vez.
La
ociosidad es la madre de todos los males, el no estar consagrados en las cosas
de Dios es abrir una ventana a la ociosidad.
Ana estaba de día y de noche sirviendo en el Templo, esto habla de una
entera consagración de su vida al Señor. Cuando tú cumples y te esfuerzas en
cumplir tus responsabilidades, Dios te ayudará en todo lo que te propongas.
Ana quizás no se apartaba del Templo porque ya no podía andar con
facilidad o se le dificultaba el ver por lo desgastado de sus ojos, ante esto, aprovecha
tus días de plenitud para ir a compartir a donde ya no pudo ir Ana, ten la
mejor célula de alcance, has la mejor de las actividades para ganar almas para
Cristo, ve a los parques a predicar el evangelio, sigue sirviendo en los
Encuentros, etc.
CONCLUSIONES
A Dios no se le sirve por ocio, o
porque se esté ya jubilado, o no se esté estudiando.
El Señor siempre ha llamado a gente
de trabajo para servir en Su Obra. Ana no era una desocupada o abandonada por
su familia. Ana era una mujer que nos enseñó celo y consagración por las cosas
de Dios.
Cuando los miembros de una Iglesia se
consagran y trabajan en pro del Reino, ésta tiende a crecer en todas las áreas.
Una Iglesia que se estanca, es porque
en sus filas cuenta con personas que esperan al Señor de manera insensata.
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